Eduardo Frei Montalva, a 110 años de su nacimiento

Eduardo Frei Montalva, a 110 años de su nacimiento

Eduardo Frei Montalva, a 110 años de su nacimiento

Por Alejandro San Francisco, profesor Universidad San Sebastián y Universidad Católica de Chile; director de Formación Instituto Res Publica; director general de Historia de Chile 1960-2010, Universidad San Sebastián

La formación de un líder político

El 16 de enero de 1911 nació Eduardo Frei Montalva. Con el paso del tiempo sería una de las principales figuras políticas de Chile en el siglo XX, así como dio vida una de los proyectos políticos más relevantes del país: la Falange Nacional, y después a la Democracia Cristiana. De clase media, vivió sus primeros años en Santiago y Lontué; en la capital estudió en el Seminario y luego en el Instituto de Humanidades.

La vida del futuro líder político puede seguirse con interés en la biografía de Cristián Gazmuri, Eduardo Frei Montalva y su época (Santiago, Aguilar, 2000, 2 tomos, con la colaboración de Patricia Arancibia y Álvaro Góngora). Tras egresar del colegio, Frei ingresó a la Universidad Católica a estudiar Derecho: ahí comenzó a despuntar como dirigente y cuando estaba en el último año fue elegido presidente de la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos (ANEC). Fueron esos años, como recordaría con posterioridad, cuando él y otros amigos pudieron “estudiar y adquirir conocimiento y formación, capital indispensable para que la acción no se vaya en puro activismo vacío” (Memorias 1911-1934 y correspondencias con Gabriela Mistral y Jacques Maritain, Santiago, Fundación Eduardo Frei/Planeta, 1989).

Hay algo que llama especialmente la atención de Frei en aquellos, y es su pasión cultural. La religiosidad que profesaba era, en buena medida, común a un grupo relevante de jóvenes católicos en la década de 1930, que compartían el espíritu de la ANEC, del mundo conservador y de otras instituciones que surgieron por entonces. El interés político también se manifestó amplio y decidido en muchos universitarios de aquellos años, que ingresaron a la Juventud Conservadora y luego dieron vida a la Falange Nacional. Sin embargo, Frei registraba también un deseo superior por aprender, desde la época escolar era un apasionado por la lectura, se le veía siempre con un libro bajo el brazo y estaba al día con las publicaciones que había en Europa y ciertamente en Chile. De esta manera pudo conocer el pensamiento católico de las encíclicas y de algunos escritores franceses que lo marcaron, como Jacques Maritain; también leyó a Marx y textos de historia de Chile.

A comienzos de los años 30 hubo dos aspectos que marcaron la vida de Frei. El primero fue un interesante viaje a Europa, al Congreso Iberoamericano de Universitarios Católicos, y el segundo fue su opción por la actividad política. El viaje le permitió conocer Alemania, Bélgica, Francia, Italia y España. “No olviden, en el mundo de hoy es esencial la calidad y la cantidad”, les dijo el Papa Pío XI en una reunión. Asistió a unas clases de Maritain y percibió su “irradiación espiritual”. Pudo ver y escuchar a Benito Mussolini, el dictador italiano. Todavía no cumplía los 25 años y ya había podido conocer o ver a algunas de las figuras más importantes de su tiempo.

La década de 1930 era una época especialmente interesante: se desplomaban las certezas del siglo XIX, el liberalismo parecía agónico, mientras sus alternativas emergían poderosas y parecían representar el futuro: los nacionalismos totalitarios y el comunismo. En ese contexto, el mundo católico desarrolló un pensamiento propio, en una de sus épocas más fecundas y atractivas intelectualmente, como queda registrado en el valioso estudio de Diego González Cañete, Una revolución del espíritu. Política y esperanza en Frei, Eyzaguirre y Góngora en los años de entreguerras (Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2018). Mientras los dos últimos optaron por la historia y la vida académica, Frei se decidió por la política a mediados de esa década, en una definición que tendría consecuencias decisivas.

Frei y la Falange

En octubre de 1935 se realizó la multitudinaria reunión pública que dio origen al Movimiento Nacional de la Juventud Conservadora –que sería conocida como la Falange– cuyo primer presidente fue Bernardo Leighton. Entre los oradores del gran encuentro juvenil estuvo el propio Frei Montalva.

En la ocasión utilizó fórmulas que repetiría durante su vida, para explicar la actitud y las definiciones de la juventud, que “quería algo nuevo”, “comprendía que Chile estaba en peligro” y “que las clases sociales se lanzaban unas contras otras”. Sostenía que una nota fundamental había distinguido a los jóvenes conservadores: su espiritualismo. Por ello afirmaba que su doctrina se fundaba en el catolicismo y su aspiración era el orden social cristiano, que pone en el centro a la persona humana: “Los valores permanentes del espíritu humano, las normas supremas del derecho, las máximas inviolables de la moral han sido invocadas. Los males que hoy sufre el mundo y nuestra patria no provienen sólo de un desorden político ni económico, ni social. El mal es anterior y es más hondo: es una concepción falta del destino del hombre, la negación de su finalidad suprema. Es en las ideas, en las inteligencias, en las almas donde está el desorden substancial de donde se deriva la anarquía que sufre la sociedad entera”.

Aunque la Falange nació en el seno del Partido Conservador, en 1938 se produjo el quiebre definitivo, que marcó al catolicismo de entonces y también a la vida política nacional. Sobre esto se ha escrito bastante y no es necesario volver, sino constatar que Frei estaba convencido de la necesidad de perseverar en el espíritu fundacional falangista y en la continuidad del proyecto político, en el cual participaría en primera línea. De hecho, fue candidato a diputado en tres ocasiones –en 1937, en 1941 y en 1945– cosechando tres derrotas consecutivas; fue elegido Presidente de la colectividad y siguió publicando en la prensa, donde se pueden contar decenas de columnas del joven.

Paralelamente, fueron años en que emergió el Frei escritor, con tres libros interesantes y que tienen valor para conocer al hombre, sus ideas, pero también el tiempo histórico que vivía el país: Chile desconocido (1937), La política y el espíritu (1940) y Aún es tiempo (1941). El segundo es el más completo, culto y trabajado, si bien en ocasiones aparece un estilo farragoso y con citas demasiado largas de otros autores. En cualquier caso, muestra ideas de fondo que habían aparecido en artículos de prensa en la década anterior y que darían el nombre a la gran revista falangista Política y Espíritu, que comenzó a publicarse en 1945. Este mismo año, cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial, Frei Montalva asumió como ministro de Obras Públicas de Juan Antonio Ríos, que le permitía ver un futuro posible en la vida pública, después de las sucesivas derrotas electorales.

Las décadas siguientes, sin perjuicio de las preocupaciones más profundas, estarían centradas en la política práctica, la lucha por el poder y la aspiración de llegar a La Moneda, que motivaba a los falangistas y al propio Frei. Para ello asumió dos desafíos electorales importantes: fue elegido senador por Coquimbo y Atacama en 1949 y ocho años más tarde obtuvo la primera mayoría senatorial por Santiago, lo cual le permitió convertirse en un potencial candidato presidencial. En 1957 se fundó el Partido Demócrata Cristiano y en 1958 Frei compitió por primera vez por la Presidencia de la República, en una elección en la que finalmente resultó elegido Jorge Alessandri. Sin embargo, Frei obtuvo un sólido 20% y logró hacerse conocido en todo Chile, lo que le permitía emerger como una de las figuras más relevantes de la política nacional. El Partido Demócrata Cristiano, por su parte, vivía una fase de consolidación, bajo el liderazgo del diputado Renán Fuentealba: en 1961 la DC superó al Partido Conservador en las elecciones de diputados y dos años después se transformó en el partido mayoritario de Chile, cuando se acercaban las nuevas elecciones presidenciales.

La hora del poder

Al comenzar noviembre de 1964, Eduardo Frei se terció la banda presidencial, comenzando lo que se denominó la “Revolución en Libertad”. Se trataba de un proyecto ambicioso y altas dosis de mesianismo, que había triunfado en primera vuelta, en buena medida por el apoyo que recibió de la derecha, que tras el Naranjazo de marzo decidió bajar en la práctica su candidatura presidencial –del radical Julio Durán– y apoyar a Frei, quien pese a ello expresó en esa oportunidad que no cambiaría una coma de su programa “ni por un millón de votos”.

La victoria de Frei fue contundente: 1.409.012 votos (55,7%), contra solamente 977.902 de Salvador Allende (38,6%). Julio Durán, quien se mantuvo en una campaña casi muerta, logró 125.233 sufragios (5%). La algarabía de los vencedores solo se podía entender en el contexto de una campaña participativa y con momentos de gran emoción y espectacularidad, como la Marcha de la Patria Joven y el acto en el Parque O’Higgins, a lo que se sumaba una fe profética en el futuro, propia del espíritu revolucionario de los años 60 y del carácter propio de la Democracia Cristiana, que tenía la autoimagen de ser la única solución verdadera para los problemas de Chile, sobre las derechas reaccionarias y las izquierdas revolucionarias. También hubo impacto internacional por esta victoria, considerando que Frei representaba una alternativa al comunismo y parecía ser la figura privilegiada de la Alianza para el Progreso ideada por Estados Unidos en aquellos años para enfrentar el ímpetu revolucionario en la región.

Las elecciones parlamentarias de 1965 fortalecieron a Frei, a su partido y al gobierno: logró una sólida mayoría en la Cámara de Diputados y creció su representación en el Senado. Entretanto comenzaban a avanzar los proyectos: la Reforma Agraria, la reforma educacional, la promoción popular y la chilenización del cobre, entre otros temas que aparecen analizados en el estudio editado por Carlos Huneeus y Javier Couso, Eduardo Frei Montalva: un gobierno reformista. A 50 años de la “Revolución en Libertad” (Santiago, Editorial Universitaria, 2016). Paralelamente desarrolló una activa política internacional, que destacó en especial con los viajes de Frei a Europa y las visitas que recibió en Chile, que lo mostraban como un estadista de talla internacional.

Sin perjuicio de eso, en aquellos años la democracia chilena sufría grietas importantes y experimentaba problemas que fueron deteriorando la convivencia cívica. Los efectos de la Revolución Cubana en Chile fueron indudables, en 1965 surgió el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y dos años después el Partido Socialista proclamó la “violencia revolucionaria” como “inevitable y legítima” para llegar al poder. La derecha histórica –los partidos Conservador y Liberal– prácticamente desapareció en las elecciones parlamentarias de 1965, por lo que se reagrupó en el Partido Nacional, que significó un renacimiento electoral y político. También hubo numerosos problemas sociales e institucionales relevantes: diversos paros de la CUT; la toma de la Universidad Católica en 1967 y de la Catedral un año después; ocupaciones de terrenos de parte de pobladores; dos matanzas que serían dramáticas y que marcaron a la administración (en El Salvador en 1965 y de Puerto Montt en 1969). A todo eso se sumó la irrupción del factor militar, que tuvo en el Tacnazo de octubre de 1969 un momento particularmente difícil y que muchos interpretaron como un golpe de Estado.

Los últimos tres años en La Moneda fueron especialmente duros y cuesta arriba para Frei Montalva, en parte por los problemas mencionados, como hemos procurado demostrar en la obra colectiva que me corresponde dirigir, Historia de Chile 1960-2010. Tomos 3 y 4. Las revoluciones en marcha. El gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) (Santiago, Universidad San Sebastián/CEUSS, 2018, de Alejandro San Francisco, dirección general, José Manuel Castro, Milton Cortés, Myriam Duchens, Gonzalo Larios, Ángel Soto). Sin embargo, hubo otro tema que afectaba especialmente a Frei, y era la situación de la Democracia Cristiana, partido dividido en tres facciones –los freístas, los rebeldes y los terceristas– que hacían más difícil la gobernabilidad interna y causaban dolores de cabeza permanente a la administración.

En 1967 explotó el problema de forma especialmente difícil para el Presidente de la República, cuando asumió Rafael Luis Gumucio como máximo dirigente del PDC, y emergieron las discrepancias públicas y los problemas recurrentes entre Frei y el Partido Demócrata Cristiano. Dos años más tarde el gobernante escribió una sentida carta a Renán Fuentealba, en la cual expresaba sus sentimientos íntimos: “La opinión pública del país –de la cual el Partido vive– tiene la impresión de que nuestra colectividad atraviesa por una crisis muy honda; que hay en ella divisiones y antagonismos que se traducen en continuas declaraciones que desconciertan al país, que muchas veces contradicen la línea oficial del Partido; que desconocen sus fundamentos doctrinarios, los que se traducen en una falta de unidad en los objetivos, que perturba al propio Partido y a las relaciones Partido-Gobierno” (la carta de 2 de mayo de 1969 en Museo Eduardo Frei Montalva).

Ese mismo año el PDC se dividió, lo que dio origen al Movimiento de Acción Popular Unitario (MAPU), que se sumaría a la Unidad Popular, coalición de izquierda que levantó la candidatura de Salvador Allende, quien por cuarta vez postulaba a La Moneda en 1970. La DC optó por Radomiro Tomic, con quien Frei había tenido repetidas discrepancias durante su administración, y que finalmente fue derrotado, logrando el tercer lugar en unos comicios en los que también participó Jorge Alessandri, apoyado por la derecha. En esa oportunidad, como sabemos, Allende obtuvo la primera mayoría relativa, y luego fue elegido por el Congreso Pleno como Presidente de la República. Ciertamente no era el final esperado por Frei Montalva para su gobierno, lo cual lo sumió en una situación de depresión, como afirmó Cristián Gazmuri. Por esos días el Presidente saliente escribió a Maritain una ilustrativa carta: “Quiero que Ud. sepa que nuestra experiencia no fue un fracaso y, yo diría, que ha abierto enormes perspectivas en Chile. Yo he sufrido mucho estos días, más de lo que Ud. pudiera imaginar (La carta de 8 de octubre, reproducida en Memorias 1911-1934).

Era el final inesperado de un proyecto que se suponía duraría tres décadas en el gobierno. El legado dejaba una curiosa ambivalencia, que se proyectaría en el tiempo: un gran liderazgo y prestigio para Frei Montalva, menos aceptación de sus políticas y resultados. La reforma agraria consolidó su carácter expropiatorio, pero los 100 mil propietarios que crearía no se vieron ni de lejos; la Chilenización y Nacionalización pactada del cobre fueron criticadas por ser esfuerzos insuficientes y el gobierno de la Unidad Popular completaría efectivamente una estatización total de la gran minería cuprífera. Pero Frei siguió siendo un líder fundamental de la política chilena, aunque sus últimas experiencias serían desde la oposición.

Las dos últimas luchas

Había dos males que –a juicio del líder falangista– afectaban especialmente a los países de América Latina: las revoluciones marxistas y las dictaduras militares. La justificación de la experiencia demócrata cristiana radicaba en gran parte en la necesidad de evitar ambos problemas que parecían ser consustanciales a la vida del continente. Curiosamente, Frei destinó gran parte de la actividad política de sus últimos años a luchar contra ambos: primero contra la Unidad Popular de Salvador Allende y luego contra el régimen militar de Augusto Pinochet.

Ya en el cambio de mando de 1970, Frei advirtió personalmente a Allende que su gobierno llevaría a Chile al desastre y al fin de la democracia, y que estaba decidido a luchar contra ello. Y así lo hizo en los años siguientes: un momento especial se vivió cuando fue asesinado su exministro del Interior Edmundo Pérez Zujovic, en junio de 1971, que ya interpretó como parte de la campaña de odios que estaban corroyendo a Chile. Su labor fue mucho más pública a partir de 1972, cuando decidió regresar de manera más resuelta a la política activa, primero a propósito del Paro de Octubre y luego cuando asumió la candidatura senatorial por Santiago, para las decisivas elecciones parlamentarias de marzo de 1973.

La victoria de Frei fue contundente en esa oportunidad, demostrando que continuaba siendo un gran líder político y con un inmenso respaldo popular. De hecho, obtuvo la primera mayoría, en una campaña donde competían figuras como Carlos Altamirano, Sergio Onofre Jarpa y Volodia Teitelboim. En esa oportunidad Frei obtuvo casi 400 mil votos, permitiendo elegir a un segundo senador falangista, José Musalem. Un par de meses después Frei Montalva asumió como Presidente del Senado, mientras Patricio Aylwin era elegido como líder del Partido Demócrata Cristiano, lo que buena medida definió la actitud DC frente al gobierno de Allende en los últimos meses de la experiencia socialista en Chile.

Para entonces, Frei parecía no ver salida política al conflicto, principalmente porque advertía una intransigencia en la UP y en sus sectores más extremos, que atacaban al líder DC con particular saña. Frei parecía convencido de que –tarde o temprano– los militares intervendrían, como de hecho ocurrió el 11 de septiembre de 1973. Muchos culparon al propio falangista por la intervención militar, lo que ciertamente es un simplismo histórico y tiene que ver más con las pasiones del momento que con un análisis más comprensivo de la crisis chilena. Sin perjuicio de ello, la explicación que expresó el expresidente en su famosa carta a Mariano Rumor, del 8 de noviembre del mismo año, es particularmente lapidaria contra el régimen caído: sobre la causa del quiebre de la democracia chilena, a su juicio “la responsabilidad íntegra de esta situación –y lo decimos sin eufemismo alguno– corresponde al régimen de la Unidad Popular instaurado en el país”. La misma posición sostendría en el Prólogo al libro de Genaro Arriagada, De la vía chilena a la vía insurreccional (Santiago, Editorial del Pacífico, 1974), y en su duro intercambio de cartas con Bernardo Leighton, en 1975. Muchas veces se utilizan estos argumentos para calificar a Frei de golpista, mientras algunos de sus camaradas parecen pretender que la carta a Rumor no hubiera existido. Sin embargo, otros olvidan que en la parte final del documento, el líder DC agrega lo que seguían siendo los objetivos fundamentales de su partido: “Pleno respecto a los derechos humanos; Pleno respeto a las legítimas conquistas de los trabajadores y campesinos; Vuelta a la plenitud democrática”. Se puede concordar o discrepar, pero no se puede omitir ese análisis, que marcaría la futura relación de Frei y su partido con el naciente gobierno de las Fuerzas Armadas.

En los años siguientes, Frei devino opositor a Pinochet, a su gobierno y al proyecto político y económico que ahora calificaba de dictadura, ajena a las tradiciones democráticas de Chile. A su vez, con más tiempo libre, renació el intelectual, dispuesto a escribir algunos libros que expresaran su pensamiento en esos momentos, que iban desde temas políticos y económicos hasta las relaciones internacionales, reflexionaban sobre el mundo y sus circunstancias presentes y analizaban la “futura institucionalidad de la paz”, que resumía –como lo había hecho tantas veces– en la defensa de la democracia sin apellidos, reivindicando que “es un sistema de vida que se afirma en convicciones y principios”, debe ser sólida y saber defenderse: “El vigor de la Constitución y de la Democracia reside en la voluntad y el consenso de la mayoría para afirmar los valores que la sustenta, elegir la autoridad que la representa, y aprobar las leyes que la expresan”.

Precisamente a eso se consagró su última gran intervención pública, con ocasión del plebiscito para la Constitución de 1980, en el famoso acto del Teatro Caupolicán. Eduardo Frei Montalva fue el gran orador de la oposición en esa jornada, en un discurso que tuvo una explicación histórica, un análisis del presente y un proyecto de futuro, que básicamente se consagraba en dos ideas principales: la importancia de rechazar la Constitución de Pinochet y la urgencia de asegurar un pronto retorno a la democracia en Chile. Como sabemos, tanto la carta de 1980 entró en vigencia como el régimen se proyectó por otros ocho años. Adicionalmente, el proyecto político y económico elaborado en aquellos años se consolidó, aunque Frei no alcanzó a ver ese desarrollo, pues falleció el 22 de enero de 1982: tampoco pudo ver cómo en 1994 su hijo Eduardo asumía como Presidente de la República, exactamente 30 años después que su padre.

Frei fue un hombre con virtudes y defectos, con aciertos y errores en la actividad política. Tuvo una trayectoria en la cual él rompió con un partido tradicional como el Conservador, para formar la Falange, y décadas después un grupo de jóvenes se escindieron de su Partido Demócrata Cristiano para formar el MAPU. Sufrió derrotas electorales y tuvo victorias que deslumbraron a sus partidarios, que coreaban “Frei sí, otro no”. Muchos de sus ideales de juventud fueron quedando sepultados por la historia, otros de su gobierno también quedaron en el camino y de sus seguidores habría que investigar muy bien qué queda del espíritu original de la Falange o de la Democracia Cristiana de 1957 o del freísmo que fue marca registrada de una época. En cualquier caso, no cabe duda que es necesario volver a Eduardo Frei Montalva, una de las figuras centrales del siglo XX, de tantos recovecos ideológicos, numerosos experimentos fallidos y esperanzas que siguen vivas en Chile.



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